Desde 1945, la construcción de Europa ha estado en el centro de la política exterior francesa. Tres consideraciones han hecho de este gran objetivo una prioridad: la voluntad de poner término a los conflictos que, en dos ocasiones en treinta años, habían destruido el continente europeo y debilitado a Francia; la necesidad en el contexto de la Guerra Fría, asentar la estabilidad y garantizar la seguridad de los Estados democráticos situados al oeste de la cortina de hierro; la ambición, finalmente, el deseo de construir un espacio económico, luego social, político y de seguridad integrado, homogéneo, de tal naturaleza para hacer de Europa un polo de prosperidad y de paz, susceptible de actuar ampliamente en la escena internacional...
